Mostrando entradas con la etiqueta naturaleza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta naturaleza. Mostrar todas las entradas

miércoles, 6 de diciembre de 2023

Realidad y Visión

Ahora vemos como en un espejo, confusamente; entonces veremos cara a cara. Mi conocer es ahora limitado; entonces conoceré como he sido conocido por Dios.

(1 Co 13, 12)



Recientemente hemos visto noticias de mujeres recibiendo el lectorado en la catedral de Toledo de manos del arzobispo primado, don Francisco Cerro Chaves. Más allá de lo que ha terminado llevando a esto y de los errores que creo que hay, mi pregunta es: ¿por qué gente buena es incapaz de entender lo simbólico, por qué es incapaz de entender la liturgia, por qué es incapaz de entender la naturaleza humana?


Podemos encontrar gente de perfecta doctrina pero indiferente a la liturgia, pienso en muchos perfiles “neocones”, algunos a quienes incluso puedo admirar en su teologizar o filosofar, pero que parece que han olvidado la íntima relación entre lex orandi, lex credendi, lex vivendi, no tanto por negarlo, sino por aislar la lex orandi del resto de la vivencia humana. Así, mientras una cosa no sea intrínsecamente mala y no sea ilegal, no hay problema en hacerla, ya sea esto admitir a mujeres como lectoras o el consentir que tres chicos y cuatro chicas estén de cháchara en el presbiterio mientras, apoyados en el altar, ponen lucecitas para la oración de Effetá.


Criticábamos en el primer artículo del blog múltiples elementos de la devotio moderna y del jesuitismo; quizás es hora de focalizar en algún tema ya referido (el más criticado en su momento fue el de fijar unas normas preestablecidas que impiden el desarrollo y crecimiento del fiel).


La vida espiritual de un cristiano tiene como lugar principal la celebración eucarística, así que, como veremos, van de la mano la destrucción de su cosmovisión con la destrucción de su piedad litúrgica. No afirmaremos ni negaremos aquí relación causal de una con otra, aunque probablemente ambas se retroalimenten.



Primero es necesario entender qué es el hombre: ciertamente es un animal racional, pero esta racionalidad no es angélica, no es puramente espiritual o intelectual, es una racionalidad en la carne y con ella misma por mediadora, una racionalidad sensible, que abstrae a través de la realidad sentida todo conocimiento y así, en último término, descubre cómo es Dios, que crea plasmándose en sus creaturas, las cuales reciben de Él el ser. Asimismo, todo es creado para los hombres: «Le diste el señorío sobre las obras de tus manos, todo lo has puesto debajo de sus pies. Las ovejas, los bueyes, todo juntamente, y todas las bestias del campo; las aves del cielo, los peces del mar, todo cuanto corre por los senderos del mar» (Ps 8). La clave, pues, de lectura de la realidad es la realidad misma en tanto que ordenada a nosotros, ordenada a nuestra salvación, siendo la creación en sí misma una suerte de primera revelación: «¡Cuántas son tus obras, oh Yahvé! ¡Todas las hiciste con sabiduría! Está llena la tierra de tu riqueza: éste es el mar, grande, inmenso; allí reptiles sin número, pequeños y grandes, allí las naves se pasean, y ese Leviatán que hiciste para juguete tuyo» (Ps 104). La Sabiduría de Dios ha moldeado la creación y esta nos habla de Él. Las estrellas no son ya solo bolas de fuego, sino que: «Los cielos pregonan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos» (Ps 19, 8).


Así, nuestra mirada a la realidad tiene que distar mucho de la positivista o materialista, una escena que viene a mi cabeza es el siguiente diálogo de Las Crónicas de Narnia:


—En nuestro mundo —dijo Eustace—, una estrella es una inmensa bola de gas incandescente.

—Incluso en tu mundo, hijo mío, las estrellas no son eso, sino que eso es de lo que están hechas.

(Las Crónicas de Narnia, La Travesía del Viajero del Alba, c. XIV)


Pero dejémonos de rodeos, una vez aclarado esto, vayamos a la raíz del problema: el jesuitismo, el barroquismo, la devotio moderna, el positivismo, el racionalismo, el espiritualismo; hay algo común a todos estos términos y que intentaremos desgranar un poco.


Con la Compañía de Jesús aparece una orden religiosa sin coro, con una finalidad eminentemente práctica, enfocada en la prédica y en la actividad apostólica, buscando que la gente conozca su fe, conocimiento eminentemente teórico: una voluntad de hacer entender, de llenar la razón de datos, de que la gente esté informada. Así, por ejemplo, en  materia litúrgica, interesará que la gente conozca qué simboliza cada cosa, que conozca el valor de la redención… Todo en términos teóricos, racionales, “espirituales”. No interesa tanto que estos sean vividos en la oración, ni que la oración sea lugar de contemplación y participación de los misterios (esto sería matizable, pues San Ignacio buscaría en los EEEE la contemplación de los Misterios de la vida de Cristo; no hablamos tanto de Ignacio en si mismo sino del espíritu post-tridentino).


Así, hablando con un tío mío presbítero acerca de la liturgia (dicho sea que en las suyas sufro bastante a menudo), él decía que hacía lo que podía ante su público, pero que no tenían formación, que eran incapaces de entender más, que lo que hacía falta era catequesis, charlas de formación, etc. Mi tesis era radicalmente la contraria: estas charlas resultarán estériles si no se acompañan de una tierra buena en que puedan fructificar, de un humus del que nutrirse y crecer.


Con otro sacerdote amigo, al hilo de la lectura común de John Senior y hablando del tomismo y de la crisis sacerdotal post-conciliar, constatábamos el hecho de que la mayoría de los que lo dejaban habían recibido una buena formación (al menos, ortodoxa), pero que sufrieron igualmente los efectos devastadores del post-concilio. Muchísimos dejando el ministerio, otros volviéndose indiferentes en el mejor de los casos o radicalmente progresistas en el peor y una minoría pequeña permaneció fiel al evangelio. Él lo atribuía a que dicha formación había quedado en un plano teórico, “ideológico”, pero no se había conseguido crear una cultura cristiana en la que arraigase, que no se había conseguido una formación integral del sujeto y que, en el caos post-conciliar, el débil edificio construido colapsó desde sus fundamentos.



Wanderer, en su blog (no apto para todos los públicos) contaba en su artículo “¡Es la belleza, estúpido!” la siguiente anécdota: «Es muy significativa la anécdota que relata un jesuita viajero en Rusia. Hablando con un batjushka, le explicaba que lo importante de ser cristianos es la conversión de los pecadores, la confesión, la enseñanza del catecismo, la oración. Agregaríamos nosotros el grupo parroquial, las marchas próvidas, los campamentos y muchas otras “manijas”. Y, en todas estas actividades, la liturgia juega sólo un papel secundario. El anciano maestro ruso le respondió: “Entre ustedes se trata solamente de una cosa secundaria. Pero entre nosotros no es así. La liturgia es nuestra oración común, introduce a nuestros fieles en el misterio de Cristo mejor que todo vuestro catecismo. Hace pasar delante de nuestros ojos toda la vida de Cristo… Para entender el misterio de Cristo resucitado, ni vuestros libros, ni vuestras predicaciones son de ayuda alguna. Para esto es necesario haber vivido con la iglesia bizantina la Noche Gozosa (la Pascua)”».


Es, pues, primordial recuperar la visión que hemos perdido los cristianos, una visión sacramental de toda la realidad y, especialmente, en la liturgia. Discutían unos amigos acerca de la necesidad por parte de tomistas de la lectura de novelas para no encerrarse en esta mentalidad “racionalista”; concedería que, dadas las circunstancias actuales, pueda ser necesario, pero la realidad es que Santo Tomás no necesitaba entretenerse con novelas ni tampoco muchos otros santos, por una sencilla razón: para ellos la realidad era ya leída poéticamente, mientras que nosotros hemos perdido la mirada cristiana de la realidad; donde nosotros afirmamos ver gigantes bolas de fuego incandescence ellos reconocían un firmamento que pregonaba la gloria de Dios, que anunciaba a los hombres el Verbo según el cual todo ha sido modelado.


Nuestra aproximación a la naturaleza debe ser más frecuente y mejor hecha (pueden valernos herramientas como el escultismo, por ejemplo) para liberarnos de una visión técnica, el cultivo de la poesía y toda otra realidad artística debe ser alimentada (las posibilidades son infinitas) y en especial nos toca el trabajo por un culto digno ante la presente devastación.


La Misa ha sido encerrada, en el mejor de los casos, a un acto de devoción privada para una íntima unión con Jesucristo a través de la comunión sacramental (casi reducida a mera ceremonia de transubstanciación) y, en el peor de los casos, a un encuentro social. Ambas tienen su parte verdadera, pero no se excluyen ni estas dos agotan lo que es la Eucaristía ni la Liturgia.


Centramos la atención en la Eucaristía al ser el acto litúrgico más fundamental y con mayor asistencia, aunque mucho de lo que se dirá sea aplicable al resto de celebraciones (horas canónicas u otros sacramentos y sacramentales).


La celebración de la misa diaria llevará consigo una privatización de la misma celebración en la que se verá como un apoyo a la devoción del celebrante o asistente. Parece que en general aparece en ámbito monástico y, en sí mismo, no es algo malo, pero sí que terminará implicando una Misa no cantada, algo que se acentuará con la referida supresión del coro en la vida consagrada (llevando a un rezo de las horas también sin canto) y que, conjuntado con la devotio moderna que pone el foco en lo individual, hará que los fieles se acerquen a estas liturgias sin apreciar diferencia respecto a una celebración “como Dios manda”.



La mentalidad racionalista será incapaz de ver lo que se perdía; a fin de cuentas, dirían, el valor de una misa es el mismo en virtud del sacrificio de Cristo y no de los elementos externos, que son reducidos a un mero auxilio para el fiel, olvidando que la Eucaristía nos fue dada por Cristo para el auxilio del fiel.


A esto, se une la reducción de lo que es la Eucaristía. Ciertamente es el Santo Sacrificio del Calvario actualizado incruentamente, pero excede de nuevo esta realidad: es participación de la liturgia celestial, es celebración de la Resurrección de Cristo, banquete de comunión, es lugar de constitución de la Iglesia… La reducción a un solo aspecto, de nuevo, puede desdibujar la vivencia espiritual de la misma y encerrar al fiel en una compunción típicamente barroca, ¿cómo intercambiar un signo de paz si estamos ante el calvario? (no discuto aquí sobre el modo en que deba realizarse el ósculo, que ciertamente en la antigua forma del rito romano era bien distinta cuando se daba). La divina liturgia bizantina termina con un alegre canto (no he encontrado la versión que más me gusta, pero sí otras: v.1, v.2, v.3, v.4) bendiciendo tres veces el nombre del Señor, algo “impensable” en las visiones reduccionistas de la liturgia latina.


Así, la liturgia dominical debería invadir completamente nuestros sentidos: el oído con el canto litúrgico, uniéndose a los cantos comunes y escuchando los propios (o cantándolo también en el coro); la vista con los ornamentos, movimientos de los ministros en el presbiterio y el ambón (y procesionando si es conveniente), con sus distintos signos y además de con las imágenes de la iglesia y su luz; el olfato con el incienso; el tacto en ritos como la aspersión, algún otro sacramental o besando y tocando las imágenes; el gusto en la comunión…


Hoy parecería que lo importante es dar formación al fiel para capacitarle a entender en la liturgia algo que no se entiende, como si la liturgia fuera algo a lo que hay que añadir todo el conocimiento adquirido fuera de la liturgia para dar sentido a esta. El problema es que se ha dejado de hacer comunicativa, se ha perdido, en el arte de celebrar, toda noción de sagrado, de mediación, visión cósmica, de actualización de la completa obra de la salvación (no un mero bautismo donde en virtud de la cruz y resurrección se perdonan los pecados para una nueva vida, sino que aquí se vive en la mayor plenitud posible en la tierra este cielo abierto del que se participa). Se ha dejado de creer en el símbolo y su expresividad: dice muchísimo más procesionar el Evangelio e incensarlo bien que no dar cuatro charlas sobre el Nuevo Testamento; más vale incensar a los laicos en el ofertorio o en el Magníficat que no darles charlas sobre el sacerdocio universal de los fieles. En cambio, si una liturgia empieza con el sacerdote saliendo por la puerta trasera del presbiterio saludando tras persignarse con un “buenos días hermanos”, más nos vale ponernos a proyectar toda la teoría litúrgica que tengamos, porque solo tendremos ahí lo mínimo esencial (invisible a los ojos) que es la validez sacramental (en que, por supuesto, Dios puede obrar maravillas).


En mi opinión, ciertamente la misa diaria podría dejarse, a nivel práctico, como algo más “devocional”, no teniendo la carga congregatoria que tiene el domingo; pero cuando uno ve liturgias dominicales de treinta minutos o a última hora de la jornada, a uno no puede sino caérsele el alma a los pies: la Eucaristía dominical está llamada a informar no ya sólo aquel día por completo (haciendo de él la actividad principal, cosa que con menos de una hora difícilmente se logrará), sino de semana entera. Esto se logrará implicando al hombre en su completud y no ignorando su realidad; no basta que “no esté prohibido” o “no sea intrínsecamente malo”, hay que buscar hacer lo mejor, pues nos va la vida en este tema. Con una mala liturgia, habrá una mala comprensión de lo divino, de la Trinidad, de Cristo, de la salvación y del hombre; de la mala comprensión de ello habrá una mala vivencia de los misterios y, en consecuencia, de la vida cristiana entera.




--------------------------------------------------------------
Todas las imágenes son de la abadía de Chevetogne, Bélgica
En ella hay una capilla latina y una greco-católica, a la que pertenecen las imágenes.
(Habiendo podido visitarla, no la recomiendo demasiado, practican un ecumenismo en ocasiones hasta sacrílego.)



miércoles, 22 de noviembre de 2023

Nausicaä o la esencia de la realeza

Nausicaä o la esencia de la realeza


Recientemente, hice una “tierlist” de películas de Studio Ghibli acompañada una pequeña reseña de cada una, justificando su posición en la lista. Aunado esto a un reciente visionado del filme que da título a la entrada, me gustaría hacer algunas consideraciones acerca de la misma y por qué la considero una obra maestra, hasta el punto de cuestionarme si quizá la coloqué demasiado baja en la lista (colocándola cuarta, dentro de las que consideraba "perfectas").

Dije de ella en dos tuits:


Técnicamente no es de Ghibli, fue inmediatamente anterior y gracias a ella pudieron engendrar el estudio.

Realeza, naturaleza, guerra, sacrificio, entrega, resurrección, heroísmo… No puedo no ver paralelismos cristológicos casi explícitos.

— — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — —

Tiene, además, un manga que se terminó después de la película (pese a empezarse antes), creo que la mayoría lo disfrutará también.


Un par de pegas: recursos economismo escasos y Joe Hisaishi (BSO) estaba experimentando.

Hecha un par de años más tarde hubiese sido una locura.


Y, en otro, la referí como epopeya, si bien probablemente le queda grande a la película y encajaría más en el manga, sin significar eso que el manga sea mejor que la película.


Afirmaría unas semanas más tarde en un tuit, a mitad del visionado (interrumpido) que:


Esta chica no irónicamente me hizo entender la esencia del realismo monárquico.


Junto a Las Crónicas de Narnia y El Señor de los Anillos (cuyos sectarios me han acusado de odiar) es probablemente algo fundamental en mi “conversión” política hacia formas tradicionalistas, aproximación en gran medida estética en tanto que está refleja la verdad y bondad de una cosa, acompañándolo después con algunas lecturas más “sistemáticas” para asentar lo que se intuía o argumentaba con lagunas.


No hay previsión de evitar spoilers, tampoco de hacer un resumen de la película. Que cada uno juzgue como oportuna o no la lectura del artículo si no ha visto el filme.

———————————————————————————————————


¿Cómo hay que entender Nausicaä?


Tras los 7 días de fuego el mundo entero quedó arrasado por los dioses de la guerra, la civilización colapsó y se organizó en formas mucho más primitivas y tribales, la tecnología quedó en una situación cuanto menos curiosa (no teniendo comunicaciones modernas pero sí máquinas voladoras complejas, o usando a la vez espadas, ametralladoras y tanques). Aparecieron, además, bosques enteros de hongos de tamaños aberrantes y, junto a esta desproporción en las medidas, también los insectos crecieron en ellos de la misma forma; estos hongos expulsan esporas tóxicas que devastan aún más un mundo destruido por la guerra de 1000 años atrás. Es aquí que encontramos a nuestra princesa: Nausicaä del Valle del Viento, pequeño reino en una zona donde el aire que llega es puro y cuyo bosque no ha sido contaminado por los hongos.


El segundo tapiz extraído de la maravillosa web de https://hjg.com.ar que, además de cosas de Studio Ghibli, tiene subida la Suma Teológica entera.

Sin pretensiones, nos ilustra la obra en qué se fundamenta la institución real, así como nos propone un código de conducta para el monarca: al principio encontramos a la princesa, sin saberla todavía tal, explorando el mar tóxico. De vuelta a su pequeño pueblo, vemos cómo es recibida con gran afecto de sus conciudadanos, contentos además, por el regreso de un héroe itinerante. Reconocemos aquí en primer lugar una sociedad tradicional, un pueblo unido, pre-moderno, organizado de forma “natural”, trabajando todos en tareas similares, sin que parezca haber nada similar a una burguesía u otras instituciones que pudieran dar lugar a competencias, envidias o aspiraciones personales de ascenso. Es una sociedad donde queda plasmado en escasos minutos como el bien común supone el bien personal y como el interés particular da la impresión de ser algo inexistente, no parece no siquiera concebible, siendo que el bien común es una realidad en el lugar.


No solo eso: la educación misma se da en un contexto humano, no positivista, las noticias de fuera las trae el héroe peregrino, que trae asimismo objetos de aquellos lugares distantes; vemos en los créditos finales también como los niños se acercan al acantilado para aprender a volar en cometas de mano de una princesa con un talento innato para ello y en general curiosean todas las labores de los mayores uniéndose en alguna de ellas.


Tenemos una sociedad perfecta que funciona sola, ¿cuál es la necesidad, pues, de una monarquía, la necesidad, en definitiva, del poder? Para un moderno, el Valle del Viento es un imposible e, imponiéndose esta como realidad, parecería no exigir necesidad de gobierno: el estado aparece para “oprimir” a un hombre irracional, para frustrar los intereses particulares, imponiendo el interés general y consintiendo intereses particulares cuando no lo contradigan; parte de la premisa de que la sociedad humana no es natural y que el hombre, para convivir sin violencias con los demás hombres, necesitará de la opresión del estado. No es esta la situación que nos encontramos y, el tener un entramado político funcional, permite entender el rol del rey como gobernante, que emerge de forma natural en la comunidad humana y armónicamente se desarrolla y asienta con ella.



En la película, el padre de Nausicaä, ya gravemente enfermo con anterioridad, es asesinado por tropas de un imperio enemigo (Tormekia), situándonos, de forma automática, a la princesa como reina, princesa que en poco cambia su actuar en lo que es esencial, pero que ante una situación mucho más grave se entregará a su labor de forma más plena, siendo la diferencia más bien de grado, asumiendo ahora como reina la totalidad de lo que antes era solo parcialmente (perteneciendo a la familia real y siendo su padre casi inhábil).


El rey está ante algo que le precede: unas gentes, unas costumbres, una religión, una tierra, unas leyes… De las que no es amo, sino al contrario, es siervo y Nausicaä entiende esto entregándose por los suyos hasta la muerte.


Lo que es característico en el Valle del Viento es la inmensa devoción del pueblo hacia su princesa, hasta el punto de llegar a cautivar a la general del ejército enemigo. Nausicaä hace ciertamente merecimientos para este amor, pero el amor es antecedente: lo recibe por el simple hecho de ser la princesa y este amor es el que mueve la respuesta de Nausicaä, no puede devolver sino amor entregado a quienes se entregan por ella, llegando a cometer locuras ante las cuales todos sus súbditos le rogarían que parase, pero no puede, porque ama a aquellos que la han amado sin merecimiento.


La trama de la película gira en torno a dos ejes que se relacionan armónicamente, además de la trama política, hay otra acerca del hombre con la naturaleza, hemos ya introducido la situación en que lleva la humanidad mil años al principio de la película. Tanto el héroe itinerante como la princesa quieren descubrir el secreto del mar tóxico, de estos bosques llenos de esporas tóxicas, males que incluso afectan a quienes viven en la pacífica Valle del Viento. Este conflicto con la naturaleza es también la que mueve a Tormekia a invadir y a intentar despertar a un fetal dios de la guerra. La solución no llueve mágicamente del cielo y, aunque en la película se descubra la semilla de un mundo sano (ilustrado magníficamente con la imagen que aparece en el “fin” -おわり- del filme) no es de esperar que en vida de ninguno de los que aparecen en esta historia pueda verse el fin del mar tóxico.



La última imagen que hemos referido consiste en un brote verde en tierra pura, justo debajo de la máscara que lleva la princesa para pilotar su Mowë. Aunque el problema de la contaminación se puede solventar teóricamente sin intervención humana, resultará de hecho imposible sin una política sana, sin una política santa; de ahí que este brote no nazca sino al amparo de esta especie de casco, políticas distintas solo podrían agravar el problema ambiental, baste ver cómo el conflicto entre Tormekia y Pejite lleva a recuperar a un dios de la guerra, lleva a usar los ohms (colosales insectos) como arma, con la expansión del mar tóxico que supondría de haber acabado distinta la película.


El motor de la política tormekiana es palpablemente opuesto al de Nausicaä, hay un deseo de inmediatez en la resolución del conflicto natural, se quiere destruir el mar tóxico en vida de la general, Kushana, que odia a los insectos por experiencias traumáticas anteriores a la película. Mientras Kushana necesita ver en vida su realización escatológica particular (el mundo sin esporas tóxicas), Nausicaä se emociona viendo que el mar tóxico sólo lo es porque purifica un mundo contaminado, alegrándose de que, sea en un año o sea en 5000, la toxicidad desaparecerá, consuelo inútil para lo que es inicialmente Kushana. Nausicaä reconoce un bien común no ya sólo para los vivientes presentes: su comunión es diacrónica, con su pueblo actual, el que ha habido y el que vendrá; Kushana no reconoce este bien común, ve solo el mal que ella vive y sus intereses particulares, no dudando en invadir o actuar precipitadamente con el dios de la guerra: aun cuando no estuviera todavía desarrollado, ella lo iba a usar, pues de nada le serviría a ella en particular si moría en el ataque de los ohms. Destacar como esta comunión transcendental difícilmente es concebible sin una visión religiosa, sin ella parece imposible reconocer como bien propio el del pueblo tras la propia muerte, reconociendo el Valle del Viento impregnado en religión, reconocible en el papel de la sacerdotisa o profetisa, figura de autoridad ante el pueblo y familiar en la intimidad de los aposentos reales.


Así, la monarquía, en tanto que institución familiar, une no solo al pueblo presente, sino que, en su misma ascendencia y descendencia, une al pueblo con el pasado y el futuro y, si se permite, une el cielo y la tierra en un sentido simbólico, el rey encarna algo que le trasciende y que le permite considerar el bien común por encima de su propia persona, por encima de su propia dinastía, pues el fin de una dinastía no es su propio bien, sino el servicio.


Su raíz familiar, además, otorga a la realeza un arraigo fundamental en la naturaleza humana que la hace entendible a todo súbdito; la familia, como institución natural y célula básica social se ve replicada a nivel macro en la patria a través de un monarca con su familia, que asume el rol de padre respecto a sus súbditos, exigiéndose al pueblo un amor filial a él y a él un amor paternal a su pueblo, formas de amor que son conocidas por todos, siendo las que dan identidad al sujeto desde el momento en que uno nace (salvo casos de orfandad, que nadie pondrá como aquello deseable para nadie, por lo que tampoco debería desearse a un nivel más alto); el hombre desde el principio crece viviendo y entendiendo las relaciones de filiación y paternidad, relaciones que, con facilidad, se viven respecto a la figura patriarcal que supone el rey, tenga el título nobiliario que tenga, pues podemos reconocer a lo largo de la historia figuras patriarcales oficiosas, tales como una casa grande en un pueblo de montañas que, por las más variopintas razones, ha llegado a ser líder y custodio espiritual de una zona. Parece, pues, conveniente a la naturaleza humana esta estructura que, por otro lado, parece inevitable en todo lugar en que de hecho hay comunidad política. La familia, además, tiene como fundamento, al igual que esta institución, el amor: los padres no se escogen, no se vota al padre de familia, los hijos son el fin de la unión y don para la misma y todo es cohesionado por los amores de paternidad y filiación, además de nacer del amor conyugal de los esposos (análogo al de Cristo y la Iglesia y al del rey con su patria, pues está llamado a dar su vida por ella).



Todo esto sitúa al rey y, en nuestro particular, a Nausicaä en una posición de humildad; como hemos dicho, el amor es antecedente, la patria es antecedente, todo es recibido y en esto la misión de custodiar y proteger. Sin probablemente darse cuenta, Miyazaki va dibujando los rasgos característicos de una monarquía católica y más con lo que hará con Nausicaä en el clímax de la película.


La relación del rey con la patria es análoga a la matrimonial y esta, en el sacramento, participa de la unión de Cristo con la Iglesia, unión que supone, como hemos dicho, dar el primero la vida por la segunda. En la película, cuando todo parece inevitablemente condenado a la tragedia, Nausicaä, en un acto que parece casi suicida, busca unir a dos pueblos enfrentados, interponiendo su carne mortal entre el pueblo del que formaba parte y el castigo que se le acercaba inexorablemente. Efectivamente, lo que parece absurdo trae consigo la muerte de la protagonista, lamentándose sus súbditos de su muerte por ellos, de su muerte por su bien. Con todo, este sacrificio de uno mismo será el que trae reconciliación entre dos pueblos enfrentados (estos son, la humanidad y la naturaleza) y aplaca la ira de la segunda contra la primera, viendo a la víctima inocente que, por amor, se ha entregado en sacrificio sin esperar ningún bien temporal. Como premio a esto, los ohms le devuelven la vida, cumpliéndose así la profecía mesiánica que la sacerdotisa o profetisa había comunicado al vidente al principio de la película y que, pese a ser ella ciega, puede ver a través de los ojos de sus gentes, viendo verdaderamente en esta amistad política (pues «el amante está en el amado, en cuanto considera los bienes o males del amigo como suyos y la voluntad del amigo como suya» -S.Th. I-III q. 28 a. 4 co.-), que le narran la escena que está sucediendo: una figura de azul andando sobre un campo dorado trayendo la paz entre estas dos enfrentadas realidades. Los paralelismos cristológicos son evidentes, fruto de un misterioso hado que debió guiar a Hayao Miyazaki, pues no parece él tener nada de cristiano ni conocer de la vida del Hijo de Dios, además de no tener él pretensiones monárquicas ni tradicionalistas (no siendo oculto su particular y heterodoxo marxismo, que alguna vez he pensado que podríamos comparar en algunas cosas al de la Escuela de Frankfurt).


Tenemos, pues, al rey como sacerdote, que sacrifica en favor del pueblo y cuyo sacrificio más excelente es el de su propia persona, entregada en bien de los que le han sido confiados, a imagen de Cristo, manifestado en la película a través de la muerte y resurrección de Nausicaä, cumpliendo las profecías mesiánicas en su kénosis, en su radical humillación, en su entrega total no buscando hacer su voluntad, sino cumpliendo la misión por la cual ha sido enviada, para la cual ha sido hecha reina.


En todo este proceso, la película nos deja detalles preciosos que vienen a machacar la idea central: la esencia de la realeza es el amor. El amor cohesiona al pueblo, hace amar a la princesa y la obliga, es fuente de la humildad que la mueve a una entrega sin vacilaciones, que borra de la mentalidad colectiva la posibilidad del interés particular… Esto evidenciado en escenas tan sencillas como la de unas niñas cogiendo nueces de chiko para la princesa que se ha entregado primero como rehén o un hombre anciano emocionado al recordar como la princesa le dijo que sus manos enfermas y magulladas por décadas de trabajo son bonitas, porque son imagen de su entrega, siendo así que incluso la negrura puede ser imagen de la pulcritud, una herida en justa guerra es bella, lo es también el desgaste de la madre por sus hijos o las manos del laborioso campesino, pudiendo aquí evocar el «nigra sum, sed formosa» o el «las madres nunca son feas» de Marcelino Pan y Vino, pues la belleza está en la pulcritud, en el ser, y así en la actualización de las potencias, en su perfección principalmente espiritual, que a menudo, en la limitación de la carne, entrañará desgaste en aquello ontológicamente inferior: la materia.



Estamos, pues, en una película que roza la perfección y que, por lo menos a mi sensualidad, no puede dejar de emocionar y mover el deseo a algo similar para todos los hombres. La belleza que se reconoce en la película nos habla de una verdad anhelante: la de un padre, la de un rey, la de alguien a quien amar y tener devoción. Como dijo Maurras: “Être monarchiste, c'est avoir quelqu'un à aimer” y para eso hemos sido hechos, para amar y entregarnos, pues el hombre, «única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás» (GS 24).


———————————————————————————————————


Con esto, sin mucho más que añadir sin querer ser repetitivo (ya se ha sido bastante), finalizar el artículo considerando dos elementos que no tocan propiamente lo que el artículo quería tratar:


Uno son los defectos apuntados en el tuit inicial: fue la primera película de lo que sería Studio Ghibli y a nivel de recursos dista respecto a otras películas del estudio, se nota en algunos momentos en la calidad de la animación, fondos y similares (que, igualmente, disfruto) y, como primeriza, el compositor estaba en una fase experimental y, pese a tener grandes temas, hay elementos de música electrónica que quizá desentonan un poco. Mi sueño sería el arte de La princesa Mononoke en esta película, pero supongo que estas limitaciones le dan al final un toque característico que le da identidad propia y probablemente a los insectos les son apropiado los sonidos electrónicos que les pone Hisaishi.



El segundo es comentar también sobre el manga. En este aparece un tercer reino, Dorok, en gran conflicto con Tormekia. Nausicaä se ve envuelta en batallas y aventuras más al estilo de una epopeya clásica, descubriendo mucho más el universo en que se ambienta la historia. Es un manga recomendable que creo que la mayoría disfrutará, pero con una temática que se aleja un poco de la película. Aquí hemos visto en gran medida su relación con su pueblo del Valle del Viento y su papel como reina/princesa; en el manga nos es convertida (sin dejar de ser lo que es en la película) en una heroína al estilo clásico que, ciertamente, se entrega y lucha, pero no se dan muchos de los elementos que se reconocen en la película, la mayor parte del manga está fuera de su valle y desconectada casi completamente del mismo, viéndose más la repercusión universal de su mesianismo más acentuado pero menos cristológico. Todo esto con sus pros y sus contras. Una historia distinta, disfrutable y que enriquece (con contexto) a la película, pero que no considero que llegue a la excelsitud de lo que aquí nos trajo Miyazaki.